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05-02-2019

Fyre Festival: la gran estafa de los festivales

Se trata de un festival que debía celebrarse los fines de semana del 28 al 30 de abril y del 5 al 7 de mayo de 2017 en una isla remota de las Bahamas, que supuestamente había pertenecido a Pablo Escobar: los artistas más calientes, la mejor ambientación pero algo salió muy mal...nunca existió.
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Fyre Festival son dos palabras que traerán cola durante años en la industria musical. Para los que no lo conozcan, se trata de un festival que debía celebrarse los fines de semana del 28 al 30 de abril y del 5 al 7 de mayo de 2017 en una isla remota de las Bahamas, que supuestamente había pertenecido a Pablo Escobar. Iban a actuar artistas como Major Lazer, Disclosure, Blink-182, Skepta, Migos, Kaytranada y un elenco de G.O.O.D. Music, el sello de Kanye West. E iban a hacerlo en un evento que fue anunciado a bombo y platillo seis meses antes con un delirante vídeo en el que un puñado de supermodelos (entre ellas Bella Hadid, Emily Ratajkowski, Hailey Baldwin o más tarde Kendall Jenner) posaban en bikini bajo la promesa de un “fin de semana transformativo” con “la mejor comida, arte, música y aventura” (sic).

El festival, orientado a millennials a quienes el Coachella les gustaría más si no tuviera conciertos o si Burning Man no tuviera polvo, agotó todas sus entradas rápidamente antes de anunciar el primer grupo. Y eso que las entradas, obviamente, no eran baratas e incluían el vuelo (supuestamente privado) hasta la isla, el alojamiento (en supuestas cabañas de lujo), un catering supuestamente espectacular y demás locuras que llegaban hasta una villa privada, un crucero atracado en la costa de la isla y una supuesta búsqueda de un tesoro en la isla valorado en un millón de dólares. Todo anunciado con muchos filtros de Instagram, mensajes aspiracionales y mucho, muchísimo humo.

El festival era obra de Billy McFarland, un joven “emprendedor” con un pasado empresarial turbio y básicamente un estafador y un mentiroso compulsivo, en asociación con el rapero Ja Rule. La idea era que el Fyre Festival sirviera como fiesta de presentación de su verdadero negocio, Fyre Media, una plataforma descrita como “el Uber de la contratación de artistas” a través de la cual cualquier persona podía tener la posibilidad de contratar a artistas famosos, aunque fuera para tocar en su cumpleaños.

Pasaban los días desde el anuncio del festival y del sold out y los compradores no tenían ninguna información real acerca del festival. Ni imágenes, ni detalles, solo promesas vacías… y peticiones de dinero en forma de pulsera cashless o cualquier cosa nueva que se le ocurriera a la organización del festival. En las semanas anteriores al evento la ubicación cambió (de la supuesta isla de Pablo Escobar se pasó a la isla Gran Exuma, que ya no era privada pero tampoco estaba acondicionada para recibir a 6000 personas en un festival de estas características).

Todo estaba siendo desarrollado con tanta pomposidad, ambición desmedida y descontrol que el festival siguió adelante hasta el punto de que, cuando llegaron los primeros asistentes, descubrieron el engaño en sus narices: sus lujosas cabañas eran en realidad tiendas de campaña a medio montar inundadas por culpa de una tormenta de esa misma mañana, no había servicios básicos como lavabos, la comida consistía en dos rebanadas de pan de molde con una loncha de queso, el escenario no estaba preparado… y lo peor, nadie les daba ninguna respuesta.

Lo que sucedió a partir de ahí podría entrar en la categoría de pesadilla o de leyenda urbana, dependiendo del nivel. El festival lógicamente se canceló y se dio paso al sálvese quien pueda: asistentes peleándose por una tienda de campaña, robos, perros salvajes merodeando por la zona… y una auténtica odisea para volver a sus casas, pasando horas sin comida ni bebida en el pequeño aeródromo de la isla. A los asistentes nadie les ha devuelto el dinero, pero gran parte de los trabajadores locales de la isla que trabajaron en el festival tampoco han cobrado. McFarland desapareció sin dejar rastro ni dar explicaciones en aquel momento.

De nuevo, la pomposidad, ambición y descontrol con los que se desarrolló el Fyre Festival era tal que todos los preparativos del festival se iban capturando en vídeo. Eso nos lleva hasta 2019, cuando se han estrenado no uno sino dos documentales acerca de la catástrofe del Fyre Festival: el de Netflix, llamado Fyre: The Greatest Party That Never Happened, que ya podemos ver en España; y el de Hulu, Fyre Fraud, que aún no puede verse por estos lares de forma oficial.

Aunque con particularidades y distintos puntos de vista, ambos documentales relatan el que fue el fiasco festivalero del siglo. El de Netflix lo hace desde un punto de vista más amplio y benevolente, relatando todo el proceso desde el principio con varios de sus protagonistas y asistentes e incluso yendo más allá del post-festival con la siguiente estafa que cometió Billy McFarland cuando ya estaba en libertad condicional por las denuncias que interpusieron contra él los asistentes al festival. (Actualmente está en la cárcel, condenado a seis años por estafa). Y con relatos descorazonadores como el “affaire del agua” o la mujer del restaurante que tuve que gastar los ahorros de su vida en pagar a todos sus empleados, sin que ella haya cobrado del festival (para ella hay una campaña de donativos en marcha). Al participar en él mucha de la gente involucrada en el festival, hay más material gráfico pero también hay más blanqueamiento del papel de muchos protagonistas (sin ir más lejos, la agencia de marketing del festival Fuck Jerry, es uno de los responsables del documental).

El de Hulu, por su parte, se centra más en el contexto social que ha llevado a la existencia de algo como el Fyre Festival (los intereses de los millennials norteamericanos, el poder de los influencers…), es bastante más crítico, trata de encontrar culpables más allá de los de arriba y cuenta con la participación del propio McFarland como delirio definitivo de esta historia.

Sea como sea, las dos películas dan buena cuenta del que ha sido la estafa festivalera de la década, y suponen un apasionante (si bien irreal y muy triste en ocasiones) viaje por la cara oculta de los festivales y la sociedad en la que vivimos.

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